Las perspectivas de la situación internacional de cara al 2025

Topic: 
Globalization and Trade

By: José Siaba Serrate

Vivimos un raro momento en Argentina. No mantenemos la vista clavada en el presente sino que nos obsesiona lo que encierra el mañana: la intriga argentina es 2015. ¿Quién – y cómo - tomará las riendas de un futuro que esta vez nos sopla en la cara cual bocanada de esperanza? Es extraño en un país que suele tomar el pesimismo como la opción preferida por defecto.

Se dice que para octubre de 2015 falta una eternidad. Son esas eternidades efímeras, de las que, por nuestra expectativa de vida, nos son concedidas a raudales. Lo que se quiere decir es que en la Argentina todo puede suceder de hoy a fines de 2015. Lo que juzgamos sólido puede desvanecerse mucho antes. Y es así. Es la versión nativa de la teoría de la relatividad: el tiempo pasa en la Argentina mucho más rápido que en otras partes del mundo. Como nuestros trenes son erráticos y el tiempo local es tan veloz nos cuesta cada vez más encajar en las estaciones.

Por fortuna no debo hablar de lo inminente, de lo que ya se aproxima. Se me pidió que tratara, en cambio, la situación internacional con miras a 2025. Agradezco, pues, una asignación mucho más accesible.

Se afirma que predecir es arduo; sobre todo, el futuro. Creo que se subestima así la tarea de conocer el pasado (y de predecir sus oscuridades) que no es labor sencilla como lo demuestran la historia o la arqueología. Por no citar los caprichos del discurso político.

No es infrecuente tampoco descubrir que el presente no es lo que se piensa de él. La Europa del euro imaginó, cuando estalló la crisis de las hipotecas subprime, que por fin, le tocaba el turno de suceder al capitalismo anglosajón de las finanzas salvajes. Y, un cuarto de hora después, advirtió con estupor que las hipotecas de baja calidad de Kentucky y Oklahoma estaban diseminadas entre sus bancos. Y, en consecuencia, se anotició de que la crisis también era suya, que no se hallaba para nada ajena a sus tribulaciones.

En cambio, predecir a muy largo plazo es una actividad que se puede realizar con impunidad. Y en caso de que se demuestre equivocada –cuando ya no es posible sostener el paraguas de tu palabra contra la mía - uno ya se ha dado a la fuga. En general no hay fricciones: es más rápido el olvido que el error.

Si hay una característica saliente, una sola que se recorta nítida, es la convicción de que el siglo XXI es la centuria de Asia. No he encontrado, por cierto, quien la contradiga. Se diría que no es una predicción sino un credo universal. Y nada lo enraiza más que la constancia de que el viraje de Occidente a Oriente es un derrotero avanzado en su recorrido. No hay estadística que no acuse recibo de una notable traslación de riqueza y poderío económico hacia el Este. En el margen, a una velocidad fabulosa. Lo que se predice, pues, es la extrapolación del presente y del pasado reciente. En un horizonte no muy extendido – y 2025 nos suena distante pero no lo es tanto – los desvíos pueden ser pequeños, y con fortuna sus efectos acumulativos también, aunque – demás está decir - no hay garantías. Hecha la salvedad, y a fuerza de ser la región más dinámica, la extrapolación conduce a la entronización rotunda de la supremacía de Asia en la producción y el consumo.

Se espera de China, mutatis mutandis, lo que se esperaba del Japón vigoroso – y muy afianzado - de los años 70 y 80. Se sabe que China – como aquel Japón - enfrenta una encrucijada. Nadie ignora que el modelo de crecimiento orientado hacia el exterior, luego de tres décadas de recorrido extraordinario, agota su potencia motriz. La estrategia de un capitalismo de estado con énfasis en las exportaciones y la inversión, en la incorporación masiva de mano de obra rural a la industria, y en la generación de ahorros mayúsculos por la vía de la represión del consumo encontró los límites de su propio éxito, y demanda una mudanza radical. La prueba está a la vista: la inversión marginal en China, en los últimos años, exhibe rendimientos negativos y destruye producto. Si hubiera que descremar los precios de los bienes raíces, como en otras crisis inmobiliarias recientes, entonces, la cuenta podría ser catastrófica. Así, el cambio es imperativo. La fe en China que comparten los pronósticos es - antes que nada - un voto de confianza en su voluntad y capacidad de migrar a un modelo de crecimiento en las antípodas, con muy leve menoscabo de los resultados finales. No es una empresa imposible, pero tampoco es un hecho. Será un desafío exigente en grado sumo.

La demografía ya no será tan favorable: la fuerza laboral comenzará a declinar en 2015 y disminuirán los excedentes de mano de obra hasta desaparecer, probablemente, en 2020. El crecimiento no provendrá de la mera adición de factores de producción, deberá acrecentarse su productividad total.

La estabilidad política es otra incógnita. Si la estrategia es el rebalanceo de la actividad, y ello exige una expansión del consumo acorde con los patrones de un país de renta media, la transformación socioeconómica concomitante (empezando por la redistribución centrífuga de ingresos desde las empresas y el Estado hacia los hogares) avivará tensiones con un sistema político autocrático, centralizado y que ya debe lidiar con una conflictividad importante.

Apostar por Asia es, por supuesto, mucho más que atarse a la suerte de China. Asia es un mosaico heterogéneo de economías vibrantes, con regímenes varios y en estadíos diversos, apta para satisfacer expectativas aún si se producen un puñado de frustraciones individuales (como lo hizo en las últimas dos décadas pese al estancamiento crónico de Japón) u ocasionales chubascos. La región soportó una severa tormenta financiera en 1997/1998 que resquebrajó la fe en el milagro asiático, pero supo sobreponerse, introducir reformas y correctivos, y sin renegar de su inserción internacional, retomar un andar brioso.

Asia es un gigante poblacional con un bajo nivel de renta per cápita (en rápido aumento). La dinámica del “catch up”, de la convergencia, es esencial para entender las enormes posibilidades de su ascenso: las proyecciones que nos dicen que China e India alcanzarán un PBI conjunto superior al del Grupo de los 7 antes de 2025, señalan que la renta por habitante de los EEUU será – aún entonces - cuatro veces más alta que la de los países asiáticos en desarrollo.

He aquí la clave: la primacía de Asia no requiere que la región desplace la frontera de la tecnología y el conocimiento, sólo que persista en la senda del “catch up” de la productividad. Se trata de desbrozar un camino con las instituciones y las técnicas que el mundo conoce, y no de inventar de la nada uno nuevo. Los obstáculos a sortear son más accesibles aunque no sean desdeñables. Para ello habrá que acentuar la inversión en capital humano, facilitar reformas estructurales en un amplio espectro, que aumenten desde la competencia interna y el desarrollo financiero hasta la gobernanza y calidad institucional.

Los aspectos cuantitativos serán importantes, pero cada vez más pesarán los atributos cualitativos. Asia puede estar a la altura. Singapur y Hong Kong lideran el ránking de “Doing Business” del Banco Mundial que analiza el marco regulatorio y su incidencia en la actividad empresarial en 189 países. Sus economías continentales son más remisas: China se ubica en el puesto 96, Indonesia en el 120 e India en el 134. Ese rezago admite una doble lectura: es promisorio porque señala una oportunidad clara de mejoría, pero también revela una rigidez que hasta el momento no ha sido rémora para el progreso económico pero que podría erigirse como un obstáculo operativo - un cuello de botella -refractario al cambio y difícil de salvar.

Otro aspecto crucial para el ascenso de Asia es la continuidad del marco internacional. Es bueno tener presente que lo que separó a la primera oleada de globalización anterior a la Gran Guerra de la creciente integración mundial actual no fue el retroceso tecnológico que no lo hubo. Fue la discordia geopolítica. Y prevaleció por cerca de medio siglo. El éxito de Asia no depende sólo de Asia. El Continente precisa la globalización, el mantenimiento de la paz y la convivencia armónica dentro y fuera de sus fronteras, que los flujos de comercio, de inversión y de conocimiento se derramen como hasta ahora sin cortapisas, tener acceso a una oferta generosa de recursos naturales y la preservación del medio ambiente. No pretendo ser exhaustivo, pero dejaré una nota al pie. El Asia Pacífico responde por una proporción elevadísima de las catástrofes naturales: en una serie mundial compilada por Cavallo y Noy entre 1970 y 2008, mora allí el 90% de los afectados.

La pregunta es obligada, ¿cómo talla la Argentina en este escenario? La estrategia, escribe Lawrence Freedman, es el “arte de crear poder”. En ese sentido, Argentina debe pensar una estrategia asiática. Entendamos que Asia ya se fijó en nosotros y en nuestra región. Basta comprobar los flujos de comercio y migraciones, y, en menor medida, las inversiones de un jugador en plena expansión internacional como China. Ya somos un blanco de sus políticas y decisiones públicas (y privadas). Importa diseñar una estrategia proactiva y no una mera reacción defensiva. Ello requiere reemplazar el temor ciego e instintivo como motor de respuesta por una adecuada comprensión de lo que es Asia, y lo que probablemente será, y las oportunidades y riesgos que supone. Nunca es tarde para intentar obtener un mejor provecho de un proceso histórico crucial que crecerá en importancia. Uno aprende cuando observa a otros países con una vinculación más estrecha, como Australia, abocarse a perfeccionar la tarea.

Argentina atraviesa una etapa de transición, que es antesala de muchos previsibles cambios de política. Previsibles por lo necesarios, por los costos en aumento del status quo reinante. Entre dichos cambios destaca una revisión de su política de inserción internacional. La estrategia asiática debe engarzar en esa redefinición más amplia. Lo que hay que entender es que no es solo la Argentina la que carece de una hoja de ruta satisfactoria. En Sudamérica, la flamante Alianza del Pacífico (Chile, Colombia y Perú más México) mira hacia afuera, contempla su integración con Asia a través de los canales que promete el futuro Tratado Trans Pacífico. La iniciativa se propone delinear acciones conjuntas para la vinculación comercial con el Asia Pacífico. El eje del Atlántico, el que innovó cuando creó el Mercosur, hoy se mira el ombligo. Pero el bloque no es ya el negocio fabuloso que se pensó. Sus tasas de crecimiento decaen y el tamaño de su mercado interno conjunto es acotado. La industria china es un competidor formidable. Y ello constituye un problema más serio para Brasil que para la Argentina. Tapiar el Mercosur no lo torna menos vulnerable. Anquilosarse en el aislamiento no es buena prescripción (una enseñanza asiática de los tiempos de la Gran Muralla). En la medida que surge el interés por los acuerdos transoceánicos de comercio los costos de permanecer al margen son potencialmente mayores. No se los podrá ignorar, desde ya, si los mismos se concretan.

Si se piensa que hacia 2025 el Mercosur puede consolidarse como el principal exportador neto de alimentos del mundo, la estrategia asiática tiene allí un punto inicial de anclaje. El objetivo a mano debería ser la industrialización de dicha producción y su colocación fluida en los mercados de Asia. Pero esto es un obvio punto de partida y para nada el súmmum que cabe esperar si se explora la agenda en detalle. Basta pensar en la ampliación de los foros internacionales como la sustitución del G7 por el G20 como principal arena de la discusión económica mundial y la importancia de haber estado allí cuando se formó el G20, más de una década antes de que la decisión madurara en el fragor de una crisis inesperada. Si la Argentina aspira a ejercer influencia en 2025, cualquiera sea finalmente su derrotero, debe comenzar por reposicionarse ya.

 

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