Combatir la obesidad infantil desde los centros de cuidado

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Health
Topic: 
Education - Health


Este post apareció originalmente en el blog Primeros Pasos – Blog del BID sobre Primera Infancia, el 1 de Octubre del 2019.


Desde hace algunos años se viene hablando de la necesidad de tomar acción para reducir los alarmantes niveles de sobrepeso y obesidad en el mundo. Al parecer, estos llamados de atención no han sido suficientes ya que las cifras van en aumento. No por nada, la obesidad ha sido catalogada como una verdadera epidemia. Y está afectando de manera alarmante a los menores de cinco años, el grupo de edad donde se están registrando los mayores aumentos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha estimado que para el 2025 en el mundo habrá unos 70 millones de niños y niñas menores de 5 años que tendrán sobrepeso o serán obesos, condición que podrían acarrear de por vida si no se corrige tempranamente.

El problema de la obesidad infantil

La obesidad es una causa directa de morbilidad en la infancia. Dicho de otro modo, los niños pueden enfermar por estar gordos, no sólo por la aparición de complicaciones gastrointestinales, musculoesqueléticas y ortopédicas, sino también por la aparición precoz de enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2. Además, puede generar problemas emocionales y de comportamiento en los niños y adolescentes que la padecen, llegando a ocasionar trastornos como la depresión. También puede conducir a la estigmatización, dificultar procesos de socialización y afectar incluso el rendimiento educativo. Adicionalmente, la obesidad infantil se conecta directamente con las condiciones de salud en etapas posteriores de la vida y es un poderoso predictor de la obesidad en la edad adulta.

Solución: prevención

La buena noticia es que no estamos ante una catástrofe inevitable pues, de hecho, se trata de un problema que se puede prevenir. No cabe duda de que una parte importante de la tarea recae sobre las familias, partiendo por la importancia de la lactancia materna temprana y exclusiva al menos durante los primeros seis meses de vida.

Después, cuánto comen y qué comen los niños, está íntimamente ligado a los hábitos presentes en los hogares, determinados no sólo por la posibilidad de acceder a alimentos nutricionalmente balanceados y saludables sino también por las preferencias de compra, preparación y consumo familiar. Se trata de procurar estilos alimentarios saludables para los niños y de predicar con el ejemplo. Esto es clave: las reglas de ingesta energética limitada en grasas y azúcares, consumo relevante de frutas, verduras y legumbres, y práctica de actividad física regular, deben aplicar a todo el grupo familiar. La evidencia muestra que uno de los principales factores de riesgo de exceso de peso es la exposición continua a ambientes obesogénicos, es decir, aquellos que favorecen el sedentarismo y la mala nutrición. Por el contrario, una forma de prevenir o revertir el sobrepeso es generar entornos donde primen pautas culturales y hábitos saludables en cuanto a alimentación y ejercicio.

El papel de los servicios de cuidado

El Informe de la Comisión para Acabar con la Obesidad Infantil elaborado por la OMS en 2016, incluye entre las medidas prioritarias recomendadas, que en entornos frecuentados por niños y niñas se creen ambientes pro alimentación saludable y se favorezca la actividad física, especialmente en centros de cuidado infantil y escuelas. Lo que ocurre en los primeros años tiene enormes consecuencias sobre la trayectoria de desarrollo de toda la infancia y, posteriormente, de toda la vida. Por eso las acciones de apoyo al desarrollo importan tanto en el hogar como en los entornos comunitarios e institucionales con los que niños y niñas van interactuando.

Entonces, ¿qué pueden hacer los servicios de cuidado infantil y educación temprana? Mucho. En primer lugar, pueden incorporar entre los estándares de calidad de los servicios la observación rigurosa de pautas alimentarias saludables. Pueden asegurar que los alimentos que se ofrecen en los centros sean escogidos, preparados y entregados de forma que atiendan los requerimientos energéticos y nutricionales adecuados a cada etapa de desarrollo y ayuden a la naturalización de su consumo. Preferir una manzana a un snack con alimentos ultraprocesados ricos en sal, grasa o azúcar implica educar los hábitos alimentarios de manera sistemática y creativa.

En segundo lugar, las intervenciones para apoyar a padres, madres y cuidadores familiares en las tareas de cuidado y crianza deben prestar más atención al tema de la alimentación como una clave esencial del buen desarrollo. Esto implica cambiar la lógica con la que se trabaja la educación para una vida saludable: alimentarse y hacer ejercicio no es una tarea específica para hacer con el niño, sino que debe involucrar a todo el entorno familiar. Esto es válido no sólo para las acciones que se realizan con los niños que asisten a centros, sino que se debe incorporar en todas las intervenciones que apoyan formación de capacidades y competencias parentales en las comunidades.

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