Los desafíos macroeconómicos de América Latina y el Caribe

Keyword: 
Economic growth
Topic: 
Macroeconomics - Economic growth - Monetary Policy

Este articulo fue inicialmente publicado en el Blog del Banco Interamericano de Desarrollo - Ideas que Cuentan, el 18 de Octubre del 2017.

A medida que las reuniones de octubre de 2017 en Washington llegan a su fin, la buena noticia es que América Latina y el Caribe ha salido de la recesión y que este año debería crecer un 1,2%. Sólo tres países (Surinam, Trinidad y Tobago y Venezuela -de los 26 países miembros prestatarios del BID) tendrán un crecimiento negativo, por oposición a los siete países del año pasado (los otros cuatro fueron Argentina, Belice, Brasil y Ecuador). Brasil, la economía más grande de la región, podría ver un aumento de su producto de aproximadamente un 0,7% este año. [1] También hay buenas noticias para los productores de materias primas dado que los precios han subido: el mercado del cobre en particular se enfrenta a potenciales brechas de la oferta en el futuro. [2]

Sin embargo, la región enfrenta serios desafíos macroeconómicos, de los cuales quizá el mayor sea el ajuste fiscal. Un número sin precedentes de 15 países tienen planes explícitos para aumentar el balance fiscal en aproximadamente un 2% del PIB. ¿Por qué tienen que introducir ajustes los países? La reacción de las políticas públicas ante la crisis financiera global consistió en aumentar los gastos fiscales discrecionales, como los salarios del sector público, los subsidios y otras transferencias. Esa expansión fiscal contribuyó a reducir la desigualdad, pero quedó muy lejos de ser una “respuesta fiscal contracíclica” y probablemente poco contribuyó a impulsar el crecimiento. Después de la crisis, numerosos países tenían déficits fiscales con brechas del producto positivas, y los niveles de la deuda aumentaron incluso en tiempos relativamente buenos. [3]

Posteriormente, disminuyó el crecimiento económico de China, cayeron los precios de las materias primas y se desplomaron los ingresos fiscales. Actualmente, los países se están viendo forzados a ajustes procíclicos. Una dura lección aprendida es que los detalles de la política fiscal realmente importan; no basta con sólo declarar si ésta es expansiva o contractiva. Los macroeconomistas tienen que ir más allá de simples declaraciones sobre si los países están siguiendo una política contracíclica o procíclica y analizar los elementos específicos de las políticas públicas.

Dado que la mezcla de políticas fiscales no logró su cometido después de la crisis, formular las políticas adecuadas durante la fase de ajuste tiene una importancia crucial. Así como la expansión se centró en el consumo público, durante la reducción se debería proteger la inversión pública. La región todavía tiene un déficit de infraestructura y recortar las inversiones podría tener un impacto negativo considerable en el producto, e incluso podría ser contraproducente, es decir, podría reducir el PIB tanto como reduce la deuda.

Sin embargo, si bien el crecimiento sigue estando por debajo de las estimaciones del potencial, puede que el mejor enfoque sea el gradualismo; cuando el producto es bajo, los multiplicadores fiscales son altos. En lugar de reducir demasiado el gasto total, puede que sea preferible reorientarlo hacia la inversión. Sin embargo, el sector privado a menudo desconfía del enfoque gradual y podría exigir tasas de interés más altas. Un plan explícito apoyado por un marco institucional que asegure un progreso sostenido, además de transparencia respecto de los éxitos y fracasos, es clave para conseguir que funcione la convergencia fiscal gradual. Cualquier alejamiento de estos principios probablemente llevará a diferenciales de tasa más altos y a una reducción de la inversión privada, con lo cual se volvería a correr el riesgo de un resultado contraproducente.

Los países con tipos de cambio fijos se ven obligados a depender más de la política fiscal, y los aciertos adquieren aún más importancia. Aquellos países con tipos de cambio flotantes y con regímenes de metas de inflación tienen una mayor flexibilidad.

Ha sido fascinante observar la política monetaria. Dado que la política fiscal fue demasiado expansiva durante los tiempos buenos, la política monetaria tuvo que ser demasiado estricta. Después vinieron los shocks negativos. Y los tipos de cambio flotantes efectivamente han flotado y varios países experimentaron grandes depreciaciones nominales que contribuyeron a reducir la penetración de las importaciones y, eventualmente, a aumentar la producción nacional. [4] Una modesta repercusión en los precios provocó una mayor inflación y los bancos centrales se enfrentaron a un delicado dilema en materia de políticas. ¿Deberían ajustarse “procíclicamente” para defender la meta de inflación? [5] ¿O debían sostener que los shocks eran temporarios y que la inflación volvería a bajar sin tomar ningún tipo de medidas? [6]

Una respuesta bien pensada podría depender de la respuesta a otras dos preguntas. La primera es: ¿cuál es el impacto estimado de un ajuste monetario en la inflación y el producto? En simulaciones de un modelo teórico desarrollado en el BID, calibrado para cinco de las economías más grandes de América Latina con regímenes de metas de la inflación, una política menos estricta implica mayor inflación, pero con impacto positivo limitado en el producto. La segunda pregunta es: ¿cómo pueden estos aumentos de la inflación tener un impacto en las expectativas de inflación? En un artículo de próxima publicación, observamos que cuando la inflación actual aumenta por encima de su meta, los shocks en la inflación actual tienen un impacto mayor en las expectativas de inflación a mediano plazo. Estos resultados sugieren que quizá la decisión de los bancos centrales de pecar de cautelosos haya sido el mejor enfoque.

La situación actual en México también pone de relieve el dilema. Las tasas han subido de manera muy agresiva en el ciclo actual, parcialmente como respuesta a la depreciación de la moneda y dado que la inflación actual superó el objetivo hasta situarse en torno al 6,3%. Si extrapolamos nuestros resultados, los beneficios de una rápida reducción de las tasas en el producto pueden ser limitados mientras que el costo puede ser: i) que la inflación siga siendo alta durante más tiempo; y ii) un impacto potencialmente mayor de cualquier shock de inflación en el futuro en las expectativas de inflación a mediano plazo. Se trata sin duda de una difícil encrucijada.

Mientras la región lidia con estos problemas cíclicos, han disminuido las estimaciones de crecimiento potencial a mediano plazo, quizá en parte como resultado de la mezcla de política fiscal inadecuada señalada más arriba. Teniendo en cuenta las proyecciones de crecimiento a cinco años en Perspectivas de la Economía Mundial, las estimaciones de crecimiento a mediano plazo para América Latina y el Caribe han disminuido de 4,1% en octubre de 2012 a 2,7% actualmente, y las estimaciones han aumentado para sólo cuatro países de los 26 miembros regionales del BID (Guatemala, Jamaica, Nicaragua y Panamá). Es evidente que la región tiene que aumentar el crecimiento potencial. Además, a medida que desaparece de escena el bono demográfico de los años noventa, que significó más de un 1% en términos de crecimiento anual, la región tiene que aumentar la inversión y/o la productividad sólo para mantenerse a flote. Una mezcla de políticas fiscales deficiente en la fase de ajuste combinada con un crecimiento potencial menor podría acarrear graves problemas macroeconómicos para algunos países con deudas más altas.

La perspectiva no deja de tener sus riesgos. En las “reuniones” parecía reinar un gran optimismo, con expectativas de crecimiento global de 3,6% este año y basadas más ampliamente en Estados Unidos, Europa y China. Además, los mercados financieros se han disparado, liderados por el mercado bursátil en Estados Unidos, y se ha observado una moderación de la mayoría de los indicadores de riesgo, como el índice de volatilidad VIX. Sin embargo, es precisamente en esos momentos que me preocupo. Cuando los mercados esperan lo mejor, un shock negativo puede provocar un “ajuste” considerable. Con la normalización monetaria en Estados Unidos, Europa y Japón por delante de nosotros, además de una permanente incertidumbre en relación con las políticas públicas en varias economías grandes -para no mencionar los grandes riesgos geopolíticos- intento seguir siendo un optimista cauteloso.


1. Todas las proyecciones son de Perspectivas de la Economía Mundial, octubre 2017.

2. Estuve en Londres recientemente conversando con la Commodity Research Unit (CRU) que maneja previsiones detalladas de la oferta y demanda del cobre y otros metales y minerales.

3. Ver el análisis en los recientes Informes Macroeconómicos de América Latina y el Caribe.

4. Ver capítulo 5 del Informe Macroeconómico de América Latina y el Caribe de 2017 para estimaciones del impacto de la depreciación en la penetración de las importaciones.

5. Si bien puede que el movimiento de la tasa de política sea procíclico, puede que sea una respuesta a la depreciación cambiaria que tiene impactos positivos en el producto, sobre todo a través de una reducción de la penetración de las importaciones. La “posición monetaria” que toma en cuenta tanto el tipo de cambio como los movimientos de la tasa de interés de política puede ser contracíclica.

6. El argumento de que un shock aislado de la inflación no tendrá efectos permanentes se basa en el supuesto de que no se ven afectadas las expectativas de mediano plazo. Sin embargo, los modelos monetarios son fundamentalmente no determinantes en este sentido. Si el shock aislado sitúa la inflación por encima de la meta, suponer que no tendrá un efecto permanente es casi equivalente a suponer que el objetivo es totalmente creíble.

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