Pensar las disparidades raciales y el COVID-19 desde la ciencia y la primera infancia

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Este post apareció originalmente en el blog Primeros Pasos – Blog del BID sobre Primera Infancia, el 4 de Mayo del 2020. El equipo de primera infancia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) esta trabajando para proteger a los más pequeños de la región. 


El cronavirus es despiadadamente contagioso y, a la vez, altamente selectivo. Su capacidad de contagio es universal, pero las consecuencias del contagio no lo son. Si bien hay excepciones, los niños tienen menos probabilidades de presentar síntomas, los adultos mayores y quienes tienen condiciones médicas preexistentes son los más susceptibles y las comunidades afrodescendientes en los Estados Unidos sufren tasas de hospitalización y muerte drásticamente más altas que otros sectores de la población. A la vez que alrededor del mundo todos nos unimos para detener la propagación de esta cruel pandemia, es fundamental comprender por qué algunos de nosotros tenemos más probabilidades de resultar afectados que otros y qué podemos hacer todos al respecto. La salud de cada uno está entrelazada con la salud de todos los demás, especialmente cuando se trata de un virus tan contagioso.

Como el COVID-19 es una enfermedad nueva, la ciencia recién está comenzando a encontrar sus características distintivas. Sabemos que el mayor daño se produce en el sistema respiratorio, por lo que las personas con función pulmonar deficiente o un sistema inmunológico comprometido corren un mayor riesgo de padecer una enfermedad más grave. Ciertas condiciones médicas preexistentes también se asocian a un riesgo más alto; entre las más preocupantes se encuentran la hipertensión, la obesidad, las enfermedades cardíacas y la diabetes (que son más frecuentes entre las personas afrodescendientes). Asimismo, si bien la insuficiencia de los datos actuales sobre las pruebas y el seguimiento del COVID-19 en los Estados Unidos hace que sea particularmente difícil sacar conclusiones definitivas en este momento, es probable que a las personas afrodescendientes se les esté haciendo relativamente menos pruebas, por lo que resulta subestimado el número ya desproporcionado de los más afectados.

Gran parte del debate actual sobre las diferencias raciales y étnicas en cuanto al riesgo de enfermedades graves o muerte por COVID-19 en los Estados Unidos se centra en las condiciones socioeconómicas que aumentan las probabilidades de exposición al virus de las personas afrodescendientes. Otro interrogante diferente pero igualmente importante a la que también debemos prestar atención es por qué, independientemente de sus ingresos, es más probable que los afrodescendientes necesiten ser hospitalizados y lamentablemente es más probable que mueran. Ambos asuntos requieren una reflexión profunda.

Las tasas más altas de exposición al virus están asociadas con trabajar en servicios “esenciales” sin protección adecuada contra el contagio, vivir en condiciones de hacinamiento y trabajar por hora sin licencia paga por enfermedad ni la posibilidad de trabajar desde casa, entre otros factores de riesgo. Es mucho más probable que las personas afroamericanas, hispanoamericanas y nativas americanas se vean afectadas por estas condiciones. Las ciencias sociales presentan gran cantidad de evidencia que documenta desigualdades estructurales altamente interrelacionadas que han causado estas condiciones y se han mantenido a través de múltiples políticas y sistemas de servicios durante mucho tiempo. Por ejemplo, la segregación residencial impulsada por obstáculos jurídicos y financieros, la mayor exposición a la contaminación del aire y a las toxinas ambientales y el menor acceso a alimentos asequibles y nutritivos y a espacios verdes para hacer ejercicio y reducir el estrés son el resultado de una compleja red de reglamentos de zonificación, políticas económicas y marginación social que se podrían modificar. Estas políticas profundamente arraigadas y discriminatorias, agravadas por sesgos inconscientes, también dan lugar a que muchas personas afrodescendientes tengan menos acceso a atención médica de alta calidad (lo cual se ve exacerbado por las barreras lingüísticas) y que a menudo sean tratadas de manera desigual en el sistema de salud.

La explicación de por qué las personas responden de manera diferente al COVID-19 se puede encontrar en el creciente conocimiento científico de que la variabilidad de la susceptibilidad es una característica común de muchas enfermedades y está muy influida por los entornos en los que vivimos. Por ejemplo, cada vez hay más evidencia de que las condiciones nocivas para la salud en las primeras etapas de la vida —incluidas la nutrición deficiente, la exposición a contaminantes y el excesivo estrés familiar, asociados a la pobreza, el racismo y otras desventajas económicas o sociales— pueden tener efectos perturbadores en el desarrollo de los sistemas inmunológico y metabólico, lo que conduce a un mayor riesgo de padecer una variedad de enfermedades crónicas hasta bien entrada la edad adulta (las enfermedades cardiovasculares como la hipertensión y las afecciones cardíacas, así como la diabetes, encabezan dicha lista). En pocas palabras, el legado estructural del racismo y otros traumas intergeneracionales puede estar vinculado a los niveles de estrés crónico que aumentan la susceptibilidad a los tipos de trastornos de salud que conllevan un mayor riesgo de daño por COVID-19. Cada vez hay más pruebas de que los orígenes de estas enfermedades comunes se ven afectados por importantes adversidades durante la etapa prenatal y los primeros dos o tres años de vida.

Una multitud de científicos trabajan sin parar para entender el COVID-19 para que podamos contenerlo, tratarlo y, en última instancia, producir vacunas que eviten su reaparición. Los investigadores que estudian la biología de la adversidad y de la resiliencia han aumentado nuestra comprensión de cómo las experiencias tempranas y las influencias ambientales pueden fortalecer o erosionar las bases de la salud de por vida. Asimismo, los investigadores de ciencias sociales estudian cómo las políticas pueden conducir a ciertas desigualdades en los resultados médicos, para que podamos reducirlas y, en definitiva, prevenirlas. Se requiere una investigación científica más profunda para determinar la medida en que la excesiva adversidad sufrida durante la primera infancia influye en el origen de las desigualdades raciales en los impactos del COVID-19. Además, no podemos seguir pasando por alto la necesidad de prestar más atención, en un sentido más amplio, a la influencia de los primeros años de vida en la susceptibilidad a las enfermedades que se padecen en la vida adulta.

Hay una necesidad apremiante de combinar el mejor conocimiento científico disponible con la experiencia en el terreno y las vivencias de todas las familias que crían a sus hijos en una amplia gama de circunstancias difíciles, para producir los avances necesarios y así hacer frente a esta crisis mundial. Más allá de la urgencia actual, también debemos movilizar esa misma combinación de conocimiento científico y experiencia del mundo real para generar estrategias más eficaces que fortalezcan la primera infancia como base para la salud de por vida en un mundo pos-COVID-19.

El desafío al que nos enfrentamos en este momento es cómo responder a la pandemia actual de una manera que nos ayude a construir un futuro en el que todos estemos protegidos de las amenazas a nuestra salud y bienestar. Si adoptamos este enfoque integral, tal vez algún día podamos mirar hacia atrás y ver cómo este terrible momento finalmente nos hizo abordar las condiciones adversas de la infancia y las desigualdades estructurales que hacen que algunas comunidades sean más susceptibles que otras a las enfermedades. Esa sería la “vacuna” definitiva contra las numerosas amenazas a la salud y el bienestar que nos pueden afectar a todos.

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