The Entrepreneurial State

Topic: 
History and Economics
Microeconomics - Competition - Productivity
Politics and Economy
Year: 
2013
Review by: 
Eduardo Lora
Author(s): 
Mariana Mazzucato
Publisher: 
Anthem Press
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La relación entre el Estado y la gran empresa está llena de mitos, especialmente en relación con el rol que juega cada uno en el proceso de innovación tecnológica. El núcleo de esos mitos es la creencia de que en los países exitosos tecnológicamente el Estado se limita a proteger los derechos de propiedad y a asegurar el buen funcionamiento de los mercados (en particular el mercado de capitales y los mercados internacionales de bienes y servicios). Cuanto menos haga el Estado mejor, y eso implica que regule poco, y que no entorpezca la acción privada con impuestos ni con trámites engorrosos. Supuestamente ello basta para que surjan pequeñas empresas con grandes ideas, y grandes empresas que invierten mucho en investigación y desarrollo. Como resultado aparecerán las nuevas tecnologías de producción y los nuevos productos que hacen posible el crecimiento económico.

En el imaginario colectivo, una empresa como Apple, que ha revolucionado la vida diaria con el iPod, el iPhone y el iPad, es el ejemplo viviente de este modelo exitoso de desarrollo tecnológico, y su difunto pionero, Steve Jobs, es reverenciado como el ídolo de la innovación y la creatividad.

Sin ignorar todos los méritos de Apple y Jobs, Mazzucato muestra en este estupendo libro que los prodigios tecnológicos que encierran estos productos fueron todos creaciones del “Estado investigador” (de paso, éste hubiera sido un título más adecuado para el libro). Eso incluye los microprocesadores, la memoria RAM dinámica, el disco duro HDD, la pantalla de cristal líquido, la batería de litio, el algoritmo Fourier utilizado para el procesamiento de los datos, el Internet, el protocolo de textos HTTP, el GPS y la interface de voz. Todas y cada una de estas tecnologías requirieron décadas de investigación en entidades públicas, como la NASA, o en universidades y laboratorios financiados por el ejército u otras agencias de gobierno.

Lo mismo vale para otras empresas en la frontera de la tecnología y la innovación, como Google, las grandes farmacéuticas o las aún incipientes productoras de paneles solares y otros métodos no convencionales de generación de energía.

Mazzucato se sorprende de que subsistan los mitos sobre la supuesta capacidad innovadora del sector privado, especialmente porque el capital financiero es notablemente cortoplacista y poco inclinado a los grandes riesgos, y solo está dispuesto a dar apoyo a los avances tecnológicos cuando ya están muy cerca de estar maduros y requieren apenas el empujón final para ser incorporados en nuevos productos. En lugar del Estado pasivo, este libro describe en forma vívida a entidades públicas comprometidas con ideas revolucionarias, capaces de trabajar en forma disciplinada y sin mayores reconocimientos ni beneficios durante largos períodos. En lugar del Estado neutro, las grandes inversiones tecnológicas del sector público no solamente han contribuido a crear nuevos mercados, sino que en muchas ocasiones han otorgado privilegios enormes a algunas empresas para que aprovechen los inventos y cosechen las ventajas de moverse primero que otras empresas u otros países. Lamentablemente el Estado ha cedido el grueso de las ganancias al capital privado, y rara vez ha tratado de recuperar en impuestos los ingentes gastos de investigación (Apple es un avezado evasor de impuestos, como lo muestra el libro). En forma paradójica, los grandes adalides de la reducción del Estado, como el sector farmacéutico, o el sector petrolero son quienes más se han beneficiado del activismo estatal.

Aunque este libro se enfoca casi totalmente en los países desarrollados (y algo en China), debería ser leído con atención en los países latinoamericanos que aspiran a promover la innovación con recursos públicos. Las experiencias que se estudian en este libro sugieren que es muy ingenua la creencia de que la innovación consiste en aumentar el gasto en investigación y desarrollo, y de que la forma de lograrlo es, o bien a través de mayores transferencias (o reducciones de impuestos) para el sector privado, o bien dándole los recursos a una entidad pública de investigación. En nuestros países ese gasto puede ser fácilmente desperdiciado, porque los esfuerzos de investigación tecnológica que dan fruto requieren paciencia de décadas, una masa crítica de investigadores situados en la frontera de sus disciplinas y una red de entidades públicas y privadas que desarrollen sinergias y complementariedades en el esfuerzo de investigación. Y cuando todo ello llegue a dar algún fruto, se necesitan empresas grandes y capaces tecnológicamente, que puedan moverse con agilidad en mercados masivos desde posiciones de liderazgo. Muy poco de esto existe en nuestros países, lo cual sugiere que nuestras estrategias de innovación deben ser radicalmente distintas y que posiblemente dependen más de aprovechar el camino andado por otros que de mover las fronteras del conocimiento y la tecnología.

 

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